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Mi experiencia criando a un gatito recién nacido

Hace unas semanas, un día muy frío de octubre, en que el cielo se disponía amenazante a llover, me encontré por casualidad con dos gatos muy pequeños, de alrededor de una semana de vida, abandonados en un sitio eriazo y dentro de una caja de cartón, a unos cien metros de mi casa. Impactado, los revisé, para saber en qué estado se encontraban, y luego, apelé a la buena voluntad de “alguien más” que pasara por allí y pudiera hacerse cargo, dejándolos en el mismo lugar.

Su-mirada

Tenemos en casa actualmente a tres gatas grandes ya, de más de un año cada una, de modo que pensé en ese momento que no podría hacerme cargo ni siquiera de uno, así es que se me ocurrió llevar al último gato a donde quedaron los otros dos, para acompañarse y calentarse dentro de la caja de cartón.

Luego de eso me olvidé por algunos minutos del asunto, hasta que al salir nuevamente de casa, me encuentro dentro de una conversación con vecinos justamente sobre el frío de ese día y lo raro del tiempo. Cuando opiné, comenté que ojalá no lloviera, pues de ocurrir, seguramente “se morirían los gatitos que encontré a la intemperie”. Con eso, una señora se sorprendió y conmovió mucho, pues es amante de los animales, y manifestó su intención de quedarse con al menos uno de ellos. Así es que me ofrecí para acompañarla a donde estaban y sucedió que cuando los vio, decidió quedarse con el más grande, que resultó ser una hembra.

Después revisamos a los otros dos cachorritos nuevamente y, nos devolvimos a casa, dejándolos en su cajita de cartón otra vez y abandonados a su suerte. Cuando llegué a casa a trabajar no pude quedarme tranquilo pensando en el frío que había afuera, y la posibilidad de que lloviera, por lo que tomé la decisión de ir a buscarlos para traerlos bajo techo, muy confundido, ya que no sabía qué iba a hacer realmente con ellos: si quedármelos, o criarlos unas semanas hasta que estuvieran preparados para ser adoptados. Esto último fue lo que decidí e hice.

Comencé entonces a cuidarlos, en total ignorancia, y a alimentarlos con una jeringa pequeña, con leche común. A los dos días de hacerlo de esa manera, los llevé a la veterinaria que me ha tratado a las gatas grandes que ya tenía, y cuando los revisó me aconsejó que debía alimentarlos con una mezcla de leche sin lactosa, enriquecida con una clara de huevo, y una cucharada de crema espesa. Esto, para de alguna manera, sustituir la leche materna rica en proteínas y materia grasa necesaria para esa etapa crítica del crecimiento de los cachorros felinos. Además me indicó que a esa edad, los cachorros no pueden hacer sus necesidades por sí solos, de modo que hay que estimularlos para que puedan orinar y defecar, emulando lo que hacen las mamás gatas al pasar su legua por su cuerpo.

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Con el frío que sufrieron durante el tiempo que estuvieron expuestos, ambos se enfermaron de bronquitis obstructiva, así es que se les administró un primer tratamiento, con antibióticos y corticoides. Comencé a atenderlos entonces tal y como se me indicó, pero a los pocos días falleció uno de ellos, el más pequeño, que nunca respiró por su nariz, y no aprendió tampoco a mamar leche del biberón. Me sorprendió mucho este hecho, pues al parecer cuando me levanté a verlos una mañana, había fallecido hacía muy poco, pues su cuerpo aún estaba caliente, y en mi mano, suspiró dos veces profundamente, y ya no se movió ni respiró más.

Ante esto, no sabía qué hacer, pues no iba a enterrarlo sin asegurarme primero de que realmente había muerto, por lo que me comuniqué por teléfono con la veterinaria, y ella me confirmó su fallecimiento. Me alentó diciendo que al menos se hizo un esfuerzo y que también, al menos, quedaba su hermanito en muy buen estado; que no me sintiera mal.

Solo quedó uno, al cual llamé “Raulín”, en honor a un sobrino mío de nombre Raúl, porque era el más fuerte, y grande. Raulín comenzó a comer bien, cada tres horas inicialmente, su leche preparada según las indicaciones de la veterinaria, e inició sus primeros “ejercicios” físicos, caminando algunos metros encima de mi cama.

Así comenzó a crecer, pero se le desarrolló la misma enfermedad que su hermanito, aunque no tuvo su misma mala suerte, pues estaba algo mejor alimentado. Como dijo otro veterinario que lo atendió, “realmente, en el caso de los animales, el dicho popular de ‘enfermo que come no muere’ es cierto”. Eso me tranquilizó, pues no fallábamos junto con mi madre, en darle su lechita cada tres horas, o cada vez que llorara pidiendo comer. Ya a estas alturas está totalmente recuperado, muy grande, y cercano a cumplir un mes y medio.

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Entre tanto, busqué maneras de ofrecer a los cachorros por Internet, a través de facebook, y sitios de avisos clasificados, y de inmediato comenzaron a contactarse conmigo interesados, y personas dispuestas a difundir el aviso. Un día, un joven me agregó a Facebook, y luego de eso me comentó su interés en Raulín. Esto me vino muy bien en su momento, pues por fin tendría la tranquilidad de cuidarlo algún tiempo más mientras estuviera listo para ser adoptado por este joven y su novia. Acordamos entonces aquello, y esperamos pasaran los días. Pedro y Vale veían regularmente las fotos de Raulín que yo publiqué en Facebook y demostraron un interés en ser sus “padres” adoptivos. Fue tanto así, que decidieron cambiarle el nombre, de “Raulín” a “Domingo” como  mi nombre. Esto me causó mucha simpatía, y decidí mantener su nuevo nombre . Ahora todos lo conocen como Domingo. Finalmente, al llegar la fecha de entregarlo, al aparecer hubo algún contratiempo en esta pareja, que decidieron no comunicarse, y no quedarse con el gatito.

Debido a esto, nuevamente me volvió la incertidumbre de qué hacer con él, pues los avisos clasificados, y la publicación en Facebook en que lo regalaba ya las había retirado. Por “suerte” apareció otra persona interesada en el ahora rebautizado Domingo, y se acordó rápidamente su entrega. Cuando llegó el día y se acercaba la hora en que debía partir con Domingo a una estación de Metro, en donde se lo entregaría a una mujer llamada Sara, me vino una angustia tremenda, y una pena que no aguanté y me puse a llorar, pues había llegado a querer tanto al gatito que no quería separarme de él; de hecho, al momento de buscar otros interesados por el percance con la pareja anterior, ya no estaba tan seguro de querer darlo en adopción.

Rápidamente intenté comunicarme por teléfono con Sara para explicarle mi cambió de decisión, pero no me contestó quizás por ser hora de trabajo, así es que le conté por mensaje de texto lo que estaba sucediendo. Al parecer ella no pudo leer el mensaje ni ver las llamadas perdidas, así es que asistió al lugar de encuentro a la hora indicada, y desde allí me llamó. En ese momento al darme cuenta de que no había leído el mensaje, tuve que explicarle, muy angustiado y deshecho en disculpas, mi cambio de opinión. Por suerte resultó ser una mujer muy comprensiva y no puso mayores reparos, mas que la ilusión que se había hecho su hijo, lo cual me dolió un poco. Espero él pronto pueda tener su gatito que tanto anhela.

En todo este proceso, como he comentado ya, he llegado a querer mucho a Domingo, y estoy ahora feliz de tenerlo en mi casa, y verlo como juega y hace sus travesuras por todos lados. En este preciso momento está pidiéndome su lechita, de modo que me ausento del teclado para atender al rey de la casa.

Domingo-Gatito

Un saludo grande a todos los amantes de los animales, y a mis seguidores.